Sopa de sustancias

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Siempre tengo hambre, un hambre abrasiva, feroz que me inmoviliza. En ocasiones me hace sentir odio por la vida, por ese lado animal de mi cuerpo que emerge añorando comida.  Si pudiera saciarla no me importaría terminar siendo obesa o reventar mis arterias. Ocupa el 90 % de mis pensamientos siendo optimistas. Emerge en todo cuanto soy en lo que escribo en lo que hablo, es más  si aquellos con los que me cruzo en la calle, se fijaran en mi mirada me brindarían algo de comer no tanto saludo insípido o piropo desabrido. Quisiera como que amanecer un día siendo un insecto o perder la cordura como el Quijote. Si el reggaetón fuera comida y pudiera engullir cada dosis de dembow con la que me acosan a diario mis conciudadanos mi estómago perreara de alegría. Si no dedicara tantas neuronas a conseguir que comer sería una mente maravillosa, una superdotada en toda regla.

Lo confieso en voz alta por primera vez en mi vida y habrá quien piense que soy la versión femenina de Pánfilo aquel negro demente que exigía jama y para quien  las neurosis o el aburrimiento, erigieron un circo.  Pero mi hambre es algo más visceral  como una amiga invisible que no para de hablar a través de un teléfono con ruido. Parlotea con una voz como de locutor de radio una tarde de verano. Lo digo ahora porque necesito abrir un espacio donde confraternizar con los otros que ahí fuera padecen igual que yo.

Sé que muchos me entienden y estaban esperando encontrar descrita esa sensación. Ese mensaje escrito con letras rojas en la mente TENGO UN HAMBRE QUE NO SE ME QUITA CON NADA. Para el que nunca vivió en Cuba es más difícil entenderme las razones son varias y de todo tipo. Pero los que manoseamos bandejas de aluminio, de plástico o de thermopack y podemos hacer un repaso idéntico de cubiertos, conocemos miles de tías de comedor y estudiamos psicología solo para ganar la empatía de al menos una de ellas. Los que a diario desciframos miles de menús que como jeroglíficos motivan nuestra imaginación, que aprendimos a golpe de muecas la familia extensa de la soya que incluye, el picadillo, la masa cárnica, la pasta de oca, la proteína vegetal y ese último espécimen  sutil, la masa deshuesada mecánicamente más conocido por sus siglas MDM. O la no menos extensa de los arroces, arroz con subproductos, arroz con menudos,  arroz salteado y otros nombres que por su complejidad científico cedo a especialistas. Los que sabemos lo que es el doble y el triple.

Un día un amigo me contaba que el hotel dónde trabaja está lleno de empleados  que olvidan que la comida y el hambre no son iguales para todos en este mundo. Un francés o un canadiense no pueden entender el hambre que sentimos y mucho menos como la saciamos. Poner en una mesa buffet un caldero lleno de líquido humeante junto a un cartel que diga, sopa de sustancia, puede confundir a cualquier no avezado en comedores patrios. Y así ocurrió, una italiana atraída por el olor del caldo le pregunto a mi amigo- Y esto ¿Qué es?- Él le respondió en su mejor italiano sopa de sustancia. Ella repitió, sustancia ¡? Cómo… sustancia?!!!  El pensó en Harry Potter, en el druida de Asterix, en la alquimia medieval, en cuantas sopas de sustancia había probado sin matar el hambre  y finalmente  sonrió y le dijo mejor la prueba.

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