Chocolate Amargo

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“Él sabía dónde van los patos en invierno, y yo quería saberlo…”

Mark David Chapman

Los años sesenta son pródigos en historias de la realeza del rock. Mezclan  leyenda y realidad, pequeños pasajes, en que cada detalle se ve aumentado con el prisma romántico de la nostalgia y el caos. Circulaba por las redes recientemente una de las menos conocidas contada por Bono cantante de U2.

Su majestad el príncipe Bono cantante de U2 va  a Liverpool,  queda con su alteza Paul McCartney, este lo va a recibir pero manejando su propio auto y le propone un paseo por la ciudad. Bono, según cuentan es el estudioso más concienzudo que se conoce de Los Beatles, lo ha escuchado, lo ha visto y  lo ha leído todo sobre ellos. El paseo se sucede sin sorpresas. En una esquina Paul se detiene y le dice – Aquí empezamos.- Bono no reconoce el lugar y pregunta:

-¿Qué empezaron?

– Aquí empezaron Los Beatles. Aquí John me dio la mitad de su chocolate- le dice Paul.

Bono aún escéptico – Nunca había oído hablar de ningún chocolate.

Paul sigue melancólico- John tenía un chocolate y me lo compartió en esta esquina. No me dio una probada, ni un cuarto, ni un trozo, me dio la mitad. Por eso Los Beatles empezaron aquí.

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Después de leer esta historia tienes varias opciones:

  1. Si eres coleccionista lamentarte por un caramelo que nunca será subastado.
  2. Si eres melómano escucharas Blackbird una y otra vez hasta evaporar la voz y la guitarra para quedarte con el pie de Paul y el trino del mirlo marcando el ritmo de la perfección, de eso se trata todo esto.
  3. Si eres patriota imaginaras que el cacao y el azúcar del chocolate eran cubanos.
  4. Si eres un psicólogo trasnochado y perverso no verás el inicio de la amistad solo podrás ver  el de la competencia.

En el húmedo Liverpool, un día de invierno (no hay mejor estación para compartir) dos adolescentes  decidieron aceptar la señal de Dios  para la coincidencia más feliz de las artes en el siglo pasado y además la trampa de Mefistófeles que los obligaría a enfrentarse, no podía ser de otra manera. Así resultaron en John y Paul,  una pareja que descubrió muy pronto que solo retados podían sentirse como tal, una decisión recíproca y terrible. Un walrus de dos cabezas, un híbrido autómata que acicateado por el equilibrio de la competencia podía con el nombre de McCartney reproducir melodías dictadas por un ángel mientras pensaba en huevos revueltos o lápidas de cementerio. O transmutado en Lennon  retozar en el futuro sin esfuerzo,  explicarle a los músicos que vendrían después lo que debían tocar y como.  Sus talentos no eran excluyentes el descalzado Paul bien podía pulsear con cualquiera en innovación y John hacer favor al oído o al sentimiento. La palabra armonía se define a partir de ellos y a pesar de tanto estudio trillado no sabemos aún en las composiciones Lennon/McCartney donde termina la traza de uno para darle paso al otro. Silvio recordaba que  hubo  momentos de tal comunión de tanta sintonía en La Nueva Trova que sus personalidades se trasmutaban y podían componer juntos sin que se notaran las suturas.  Pone de ejemplo Cuba Va: una estrofa de Pablo, una de Noel y otra de él mismo y la coherencia se mantiene intacta. En Los Beatles esa metamorfosis roza lo metafísico, cede una energía en su fusión que embalsama una época, precipita sus sentidos, desnuda sus sensibilidades y cualquiera que tomará una guitarra, un pincel o un lápiz en ese ciclo, si estaba atento podía alimentarse del chocolate mágico en los gloriosos sesenta. En seis años  fugaces como estrellas de Bagdad,  tal comunión renovó para siempre la liturgia del rock, redactaron como en un manifiesto la banda sonora de la Revolución Mundial, hicieron de ser viejo una vergüenza.

El dúo de Liverpool  disfrutó su rivalidad cómplice sin otros árbitros que ellos mismos, el brillo de la admiración en los  ojos del otro al escuchar una canción recién compuesta por su rival bastaba para exprimir a las musas con la réplica. El entorno solo podía escuchar y aplaudir en ese ajedrez lírico, George Martin confirmaba,  Ringo sonreía, el otro George callaba y esperaba. La pulseada entre dos titanes se encarnaba en LP´s para los que no había patrón, solo podían ser juzgados a partir de lo que ellos mismos habían hecho antes. En Revolver alcanzaron su estado de gracia dos visiones que rozaban la perfección, la vanguardia iconoclasta propuesta por Lennon en temas como Tomorrow never knows y la melodía fascinante en canciones como Eleanor Rigby dispuesta por McCartney. Hasta que Dios creó a la mujer  y el Diablo a Yoko, un omnipresente juez externo que siempre daba la razón a John,  afilaba demasiado el filo de su ego y los muchachos empezaron a cansarse. De pronto  el trabajo en conjunto antes tan productivo degeneró en una tragedia isabelina titulada Two fools One hill. Ni el silencio entre Sartre y Camus, ni el puñetazo de Vargas Llosa a García Márquez, ni la indiferencia entre Silvio y Pablo han podido equipararse al choque entre los egos de los chicos de Liverpool. No por intensidad, sí por el costo para una cultura que quedo enganchada de una ilusión fusilada frente al edificio Dakota.

En una entrevista reciente para la revista Rolling Stone, Mc Cartney abre su pecho y reconoce que aún busca la aprobación de John antes de sacar una canción a la luz pública, sigue siendo su mejor juez. Al terminar un tema lo lanza al extremo de la habitación, desde donde su ex compañero siempre le devuelve una sugerencia genial. Después de trabajar con Yoko en el disco Love, Paul reconoce en ella a una gran mujer y un gran talento, si John la quería no podía ser por gusto, John nunca fue un tonto. Tanto rencor absurdo- dice Paul- y ahora solo tengo perdón y arrepentimiento

¿ Y a Mark Chapman lo perdonarías?-pregunta el periodista.  Se hace un silencio Paul se emociona, respira hondo y se sincera – La respuesta es no, ese tipo hizo algo tan loco y terminal que no veo porqué he de bendecirlo con mi perdón.

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Se ha hablado mucho de la música a partir del  siglo pasado como memento de la experiencia  y así habrá canciones que definan su calidad por lo que significaron en tu vida. Y no es menos cierto que hay  mucho ocambo panzón que  tras dos tragos te hará el recuento etílico  de cuando el rock estuvo prohibido y no se podían oír, de cuando él era el Lennon o el Paul de su barrio y quizás de los debates que pudieron ser batallas entre los seguidores de uno u otro en  su preuniversitario, ergo su música es sagrada.  Pero los de Liverpool rompen el molde y parafraseando a Varela los padres descubrieron que a sus hijos… y así sucesivamente. Para los jóvenes escuchar a los Beatles es una experiencia en sí misma, exenta del desafío político pero preñada  de otros no menos atractivos. Para  todos, los de antes y los de ahora  sentarse junto a Lennon en 17 y 6 tarareando All you need is love sigue siendo un gesto libre de devoción. Quizás para cuando Paul no esté físicamente algún ministro decida hacerle sitio junto a su amigo y  puede que así congelados, su chocolate no termine con sabor amargo.

 

 

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