Zizou y Ronie

Este Juego de Tronos que desde hace unos años sostienen Cristiano Ronaldo y Messi genera tanta polémica y parcialidad que las bravatas de uno y otro bandos hacen pensar enseguida,  en fieles devotos de una Guerra Santa. Repasando lo que simboliza cada uno no podía ser de otra manera. Creo que pocas veces en la historia del fútbol se dan tantos elementos que potencien una rivalidad tan inmisericorde. Debo reconocer que tal beligerancia que recurre incluso al golpe bajo  a veces me repugna sobre todo por la tendencia a la parcialidad ciega. Por ello me quedo con las rivalidades de antes, las de código de caballería, aquellas en que los rivales se reconocían y se admiraban. Batallas que podían disfrutarse sin sentir que lo más importante era ganar. Crecí como espectador de fútbol amasando una de las rivalidades más bellas de la historia del fútbol, la de Zidane Y Ronaldo y tomé partido, pero seré cauteloso mi opinión puede que cambie.

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Zidane es el antes, aquel flacucho de piernas nervudas y calvicie incipiente parecía recortado de un video de los años cincuenta o sesenta. Tenía el físico, las maneras, el tempo  y la elegancia de Di Stéfano o Bobby Charlton.  Lo alumbraba un aura más antigua que la de Platini, el espectro con que fue obligado a competir por sus compatriotas. Si usted nunca había entendido lo que significa manejar los tiempos en un partido de fútbol, bastó ver al general francés dirigiendo las tropas, organizando repliegue en defensa o lanzándolas en ofensiva centelleante. Un estratega iluminado, con una  fortaleza mental de androide y un carácter de líder nato.

Ronaldo es el después, el prototipo alpha de una nueva especie en la fauna futbolística el  9 1/2. Este animal no es un 9 puro, se asocia fuera del área, sirve el gol, arranca en el centro, desde atrás o por cualquiera de las bandas, aparentemente torpe  tiene caja de cambios de Bugatti (va de 0 a 100 km/h en 3 segundos). Mutado genéticamente en las canchas de futsal los espacios que a otros se le antojan reducidos para el son inmensos. Es potencia física y picardía con balón cosido al pie. Su arsenal de regates parece un estante de Kmart.

Con Zidane los rivales intuyen que penden de un trapecio. En un zigzagueo milimétricamente calculado el mago puede hacerte caer y esconderte la red al mismo tiempo. Maneja los arcanos de un lenguaje bárbaro, danza en el terreno, con total indiferencia por lo externo. Hay perfección, no menos de cinco mil toques a un balón pesado en cada entrenamiento y arrogancia, culpen a su nariz nadie con una nariz como esa se propone ser arrogante. Entre tantos gestos que lo definen, uno famoso, Zidane indica  con ambas manos el balón a los contrarios un balón que por supuesto es suyo y si algún no enterado por imprudencia o ingenuidad que hay mucha en los campos de fútbol, pretende quitárselo, ahora lo ves…. Reconocerá la magia  pero no verá el truco que lo deja solo frente al espacio verde que nunca antes pareció tan inmenso. Danza futbolística, roulettes  al compás de un bolero francés hay fragilidad, reminiscencia, soledad.

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Con Ronaldo los rivales están frente al pelotón de fusilamiento con los ojos sin vendar, pueden mirar de frente a su verdugo, saben de dónde sale el proyectil explosivo que les revienta el estómago antes de llegar ¿Qué prefieres derecha o izquierda? ¿Al ángulo o a un palo? O quizás  al cuerpo, a ese orificio que dejan tus piernas abiertas por el que la bestia te deja preñado de inseguridad y vergüenza ¡Porteros de todas las religiones uníos! Pero nada valen  sus ruegos ante la frialdad del matador. Nunca lo verán temblar, dudar u olvidar el objetivo y cuando lo logra no hay euforia, ni piruetas solo una sonrisa y el índice a ritmo de samba señalando al público. La reacción directamente proporcional al esfuerzo, es tan fácil marcar goles para Ronaldo.  Se acerca el Fenómeno puro vértigo a ritmo de trash metal brasilero cavando tu Sepultura.

La admiración de Enzo

Esta rivalidad no necesita buscarse un principio, nadie sabe cuando surge y que importa pero quiero fijarle un inicio romántico y por tal  arbitrario. Todo empieza en casa de Zidane  e implica a uno de sus hijos, Enzo el primogénito.  Ronie acaba de aterrizar en el Internazionale de Milan, vía Barcelona siendo el traspaso más caro de la historia hasta el momento. Es ya el mejor futbolista del mundo, por mucho también el más mediático, el único dios  que disputa el panteón de Nike a Michael Jordan. Zidane es el eje de la Juventus como lo fuera ya Platini es un talento pero poco más. No se acaba de forjar un nombre, todos esperan más de él. Carga además con el  sambenito de no saber jugar finales.  La Juve pierde dos años consecutivos en que llegaba con el cartel de favorita la final de la Champions League, la primera contra el Dortmund en 1997, la segunda contra el Real Madrid en 1998. En ninguno de los dos  partidos Zidane ejerció el liderazgo que se esperaba de él y prácticamente desapareció en el terreno. Por esas fechas la cadena de televisión RAI prepara un material sobre Il Fenomeno  para ello invita al presidente del Inter Massimo Moratti, a algunos de sus compañeros de equipo, Zanetti, Zamorano y  otras estrellas del Calcio entre ellas Zidane. Con afectada seriedad el francés reconoce que le parece espectacular el juego de Ronaldo, incluso su hijo es fanático  siempre le pregunta por Ronie y está pendiente a su juego. Imaginemos al pequeño Enzo jugando con su primer balón regalo del padre imitando a… ¿Ronaldo? Todo el carácter de un crack puesto a prueba. La admiración de su primer hijo, ser su héroe  es  lo único que quizás importe a un hombre pero el ídolo de Enzo es otro. Zizou lo escupe adolorido mirando a la cámara.

La final del 98

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El mundial de Francia 98 pudo ser recordado como el mundial de Ronaldo. Etiqueta arquetípica de nuevo Pelé, alardes premundialistas de no menos de 10 goles y un Brasil enhebrado a su gusto, del que se omitió a Romario otro crack de peso para evitar ruidos. El mismo Romario que presionó a Parreira según cuenta la leyenda para que Ronie no jugara en el Brasil del 94 porque temía por su titularidad. En fin Brasil tenía al príncipe Ronaldo, solo por tal los brasileros llegaban con pretensiones claras de obtener el título y dar espectáculo. Las cosas al principio no fueron  bien,  los cariocas no se acoplaban, no encontraban suficiente fluidez, sufrieron para ganar a Escocia y perdieron con Noruega en la fase de grupos. El protagonismo de Ronaldo se atoraba entre la presión mediática y el suplicio diseñado por las defensas para asfixiar al delantero. Después de un Chile desorganizado en octavos, derrotar a Dinamarca in extremis produjo una inflexión. En semifinales otra vez Holanda. Frente a esa espectacular versión de la naranja mecánica, Brasil ofreció por primera vez en el mundial  su jogo bonito. Un gran partido que se decidió en penales, Brasil 4 Holanda 2. Mostrando todo su arsenal de calidad contra el otro gran favorito de la competencia y con un Ronaldo pleno, Brasil avanzaba a una final que parecía puro trámite.

Los franceses y Zidane tenían otro plan. A pesar de contar en las quinielas solo por su condición de locales, La France avanzó tras una cadena hollywoodense de casualidades y angustias que no se atrevería recrear un guionista sensato. Incluso si adoptamos perspectiva cinematográfica podremos otorgarle a cada uno de los integrantes de aquel equipo francés su contraparte en los filmes deportivos poco originales. Por supuesto Zidane es ese héroe joven en que todas las esperanzas estuvieron  puestas  pero en quien tras varias decepciones pocos confían. Todos los clichés, expulsión del hombre clave, definición en penales, atajadas mágicas, goles para ver en cámara lenta. Piensen, nada menos que un defensa, Lilian Thuram, marcó dos goles en la semifinal frente a Croacia, Francia ganó 2 a1. Thuram el jugador con más partidos con les bleus, en toda su trayectoria no volvió a marcar con la camiseta de Francia.  Pero es en la final donde esa película halló su momento cumbre de inverosimilitud. Ronaldo intoxicado con algún alimento llega al partido después de sufrir convulsiones, Brasil entra al terreno contagiado por la fiebre y la debilidad de su ídolo. El olfato aguzado de los canes franceses husmea desaliento en el aire y no perdonan. Un 3 a 0 mágico ilumina el cielo francés,  Zidane con dos goles de cabeza se hace grande y en el gesto de besar el escudo de la selección exorciza sus demonios y abre el panteón de los inmortales, final de cuento de hadas. París era una fiesta, el trono del futbol cambió de dueño, la admiración de Enzo mudó de titán.

El camino a la revancha

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El destino, primero con las lesiones que les hicieron alternar en el reinado del fútbol y luego con el sueño galáctico de Florentino Pérez, impidió que esa rivalidad creciera en saña. Cada uno tuvo la posibilidad de brillar, quizás gracias o a pesar de la ausencia del otro. Zidane tuvo sus mejores años mientras Ronaldo se recuperaba de su rodilla.  Y cuando Francia aspiraba al título  en condición de favorita indiscutida en el mundial Corea-Japón 2002 una lesión del galo dejó el camino abierto para que el gordo pasara  de ser un futbolista prácticamente desahuciado a nuevo monarca. Luego llegaron los años blancos, compañeros de equipo en la nube galáctica. La rivalidad se tornó en historia de amor en el vestuario con mejor ambiente de toda Europa, según Beckham. Recuerdo a Ronaldo recién fichado por el Madrid en una conferencia de prensa cuando los periodistas aún querían aprovechar la competencia y le preguntaban por Zidane que estaba sentado junto a él, Ronie miró al francés y dijo -Todavía nos estamos enamorando. Zizou no pudo decir nada  solo enrojecer, luego sonrió.  Pero tipos como estos no se subordinan al destino y punto, ellos mismos se encargaron de que la competencia sana no dejara de ser eso. Muchas veces Ronaldo recordó como en los peores momentos de su lesión, cuando el mundo se dedicaba a olvidarlo  y enterrarlo en vida  uno de los pocos futbolistas que fue a verlo a su aislamiento en un hospital de la Riviera francesa  fue Zidane. Un gesto hermoso que sería difícil entender si no se asume que Zidane y Ronaldo manejaban otros códigos.

Pasaron años con altibajos en aquel Real Madrid que pensado para conquistar el espacio, nunca pasó de poner el pie en la Luna. El mundial de Alemania se antojaba un horizonte ideal para el fin del ciclo galáctico y la última gran batalla de dos héroes. Francia llegaba vieja y desunida bajo el manto del astrólogo Domenech, Brasil refulgía con cuatro balones  de oro  de media cancha hacia arriba y el mejor equipo hombre por hombre desde el mítico Brasil del 1970. En Francia chocaban dos épocas de un lado los devotos de Henry, el príncipe arribista, de otro el emperador Zidane y su guardia pretoriana. Brasil desde la clasificatoria se filmaba un documental de samba, malabares y fantasía que no podía tener otro final que levantar la copa. Empezó el mundial, Francia jugaba feo y sin ganas, Zidane se desesperaba. Brasil  no reconocía contrarios sobrada de orgullo iba a la cancha como se va a un paseo, Ronaldo incluso con mala forma física marcaba. Francia se clasificó in extremis y mejoró su juego. Brasil pensaba en levantar la copa no en ganarla, mucho menos merecerla.

En un partido de cuartos de finales con apariencia de fantasía épica made by Tolkien  redoblaron tambores de revancha. Dos viejos rivales, los futbolistas más importantes de una era se enfrentaban por última vez. Repasé cientos de veces  el saludo de los dos equipos  en mi VHS tratando de adivinar lo que susurró Zidane al oído de Ronaldo luego del beso y el saludo. Me doy varias respuestas pero ninguna me convence pudo decirle, este no será mi último juego. Fue un partido trabado Gilberto Silva sencillamente no podía con un medio campo francés lleno de viejos zorros se extrañaba al Puma Emerson. Brasil estaba partido en dos Francia hacía su juego. Una vez más los galos  aprovechaban  la debilidad de su contrario y se fortalecían mentalmente mientras avanzaba el juego. Consiguieron su premio, falta cerca del área Zidane chuta sin perder tiempo mientras Roberto Carlos (el futbolista con peor suerte que conozco) se abrocha el zapato, Henry sin marca remata a placer. Un gol de ventaja,  el futuro y el pasado de Francia se aliaban para destronar a Brasil. Ronaldo corría, empujaba, se molestaba con sus compañeros, era el único que tenía claro lo que significaba ese juego. Pero no pudo contagiar a su equipo agotado psíquicamente por el cerrojo galo y con un gol de desventaja.  A minutos del final se inventó una falta al borde del área, fue la  última esperanza carioca, Ronaldinho falló por poco. Francia invocaba a los fantasmas del 98, Zidane quedaba invicto en el terreno saludando a los vencidos menos a un Ronaldo que solo espero el pitazo final para marcharse sin intercambiar saludos lleno de vergüenza por la camiseta en su último mundial. El resto es banal, un cabezazo inoportuno es lo que recordamos de aquella tarde de julio en que Zizou  jugó por última vez. Una de las despedidas más trágicas que recuerda el fútbol termina ridiculizada en una cancioncilla veraniega que se vuelve un éxito de ventas. Ronaldo siguió acosado por las lesiones y los desórdenes hormonales, resistió en los campos de fútbol por pura voluntad. Después del retiro se inventaron una forma de seguir enfrentados en  partidos con fines benéficos donde se enfrentan  los amigos de Zidane contra los amigos de Ronaldo en los que creo que el francés sigue con mejor suerte. Hace poco Marca le preguntaba a  Zidane por los jugadores de su generación y sin pensarlo destacó- Mi preferido es Ronaldo no vi nada como él y como persona es el mejor, es único. A lo mejor alguien le lee las declaraciones  de su amigo a Nazario Lima y después de sonrojarse, solo sonría.

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